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La clave de todo liderazgo, es amar y servir

A continuación trascribimos las palabras de Enrique López Viguria, Secretario General de ESADE Business School, luego de ser reconocido como Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica de Córdoba, durante el evento central del 50 aniversario del ICDA.

 

Sr. Rector, Sres. Vicerrectores, Señor Director del ICDA, Autoridades académicas y miembros de la comunidad de la UCC, Amigas y amigos todos de esta universidad.

Cuando recibí la noticia de este reconocimiento me sentí muy honrado, extraordinariamente agradecido y muy pequeño. A partir de estas sensaciones, ignoro a través de que circuito neuronal, se asomaron en mi mente unas primeras ideas que me permitirán les cuente:

  • Es de bien nacido ser agradecido
  • Nadie es profeta en su tierra
  • y una idea en forma de pregunta: ¿en qué se afana el hombre bajo el sol?

La primera es un refrán español que vincula el agradecimiento a la cuna: las personas que se han criado en una familia buena han de ser agradecidas. Don Quijote exclama en un pasaje de la universal obra de Cervantes: «De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud».

Por el contrario, la gratitud llena de alegría y paz el corazón, siendo el primer punto del examen de conciencia que propone Ignacio de Loyola. Dar gracias a su Dívina Majestad por tantos dones y bienes recibidos.

Pues bien, gracias de corazón a la Universidad Católica de Córdoba y al ICDA por hacerme un sitio entre ustedes, gracias a mi familia y a todos los colegas con los que comparto las tareas universitarias. Y muchas gracias a Dios.

Nadie es profeta en su tierra. Jesús, aludiendo a sí mismo, dice en Lucas 4: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». Una expresión que en su contexto reflejaba una actitud humilde y de servicio. Ahora, a tantos miles de kilómetros de mi tierra y no siendo profeta, no quisirera elucubrar sobre cómo pudo aparecer semejante pensamiento en un momento tan sorpresivo. Quiero más bien, de nuevo, agradecer con humildad y respeto.

Y la tercera idea que asomó fue una pregunta del Eclesiastés, «¿En qué se afana el hombre bajo el sol?». Con su permiso, la retomaré cuando finalice.

Hoy celebramos los 50 años del ICDA formando directivos. Una historia llena de historias que nos hablan de un emprendimiento que arrancó en 1967 con un claro propósito, que hoy mantienen vivo y expresan así: «formar profesionales de excelencia a través de una educación integral que contempla una sólida formación teórico-práctica, y que promueve la toma de decisiones de manera responsable y consciente de su impacto en la sociedad. El ICDA se erige sobre esta dimensión dual: exigencia académica y responsabilidad social».

Me sumo con gran afecto a este acontecimeinto, queridos Alfonso y Alejandro. Les expreso mi deseo de larga y fecunda vida para un ICDA que sea cada vez más UCC, en una UCC que aproveche la gran contribución pasada de este ICDA tan cargado de futuro.

Hoy estamos reflexionando sobre los «Líderes para el futuro» con intervenciones de mucha enjundia. Permítanme aportar una reflexión más sirviéndome del magisterio universitario jesuita.

El P. Peter-Hans Kolvenbach, Superior G. de la SJ del 1983 al 2008, se preguntó a menudo qué tipo de hombres y mujeres necesitamos formar para que sean los líderes del tercer milenio. Ante el Consejo de la Universidad de Georgetown (1989), después de apuntar que la Compañía siempre ha querido formar en valores que vayan más allá del éxito, el dinero y la fama, afirmó: «En resumen, queremos que nuestros graduados sean líderes-para-servir». Líderes para servir.

Acerca del para qué universitario jesuita, Kolvenbach nos dejó un paradigma de una potencia extraordinaria. Formar personas:

  • para la utilitas (la finalidad práctica),
  • para la humanitas (libertad ilustrada y sensibilidad por todo lo humano),
  • para la iustitia (con una solidaridad bien informada)
  • y para la fides (la piedra angular de la Compañía de…Jesús: una Persona que nos enseña “el camino, la verdad y la vida”).

El P. Adolfo Nicolás, que finalizó su mandato como Superior G. de la Compañía el año pasado, recogerá y actualizará el legado de Kolvenbach. En ESADE, en 2008, nos decía: «Formar personas en la utilitas, formar personas "útles", es quizás formar servidores. No formar a los mejores del mundo, sino formar a los mejores para el mundo. Con lo que la excelencia de un profesional se mide ante todo por el parámetro del mayor servicio a la familia humana».

Nuestro mundo afronta enormes retos y desafíos que todos conocemos, como apuntó el Rector en su intrvención. Una lectura combinada y reposada de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, de Naciones Unidas, y de la Laudato Si, del papa Francisco, nos muestran un escenario mundial muy preocupante y desafiante: una familia humana con muchas heridas viviendo en un planeta Tierra muy maltratado.

Pero no es tarde por mal que pinte la realidad. Hay todavía tiempo para escuchar y reaccionar ante la llamada radical que nos hacen la desigualdad y la injusticia de acá y de allá. Todos tenemos parte en ello. Las universidades, y especialmente las jesuitas, tenemos una alta responsabilidad.

Quizás, una de las claves en la que hemos de reparar más, está en cómo educamos y forjamos nuestra identidad. Un jesuita norteamericano, Robert Spitzer, experto en el ámbito de las escuelas de negocios, con un obra titulada «The Spirit of Leadership», habla de cuatro niveles en el desarrollo del Ego, en la construcción y comprensión de nuestra propia identidad personal:

  1. El ego externo-material: a partir de la identificación con nuestro cuerpo, nuestra materialidad, la carga genética, el ADN, también nuestro vestir, el aspecto, etc.
  2. El ego comparativo: el yo se entiende a sí mismo en referencia a los otros, comparando posición, estatus, dinero, poder, éxito, etc. Dice el autor que es mucha la gente que vive predominantemente en este nivel. Domina el tener y el hacer.
  3. El ego contributivo: un yo que se descentra de sí, que se entiende hacia los otros, para contribuir, que es para y con los demás, que sintoniza interiormente con la necesidad ajena y la del mundo, etc. Domina el “ser para”.
  4. Y el ego trascendente: la donación máxima, auto-descentramiento para ir más allá de sí, la mística, el heroísmo, la santidad…

Pues bien, a «las cuatro C’s», ya famosas, que nos legaron Kolvenbach y Nicolás, y que vienen perfilando el ideal que pretendemos para nuestros estudiantes y directivos (competentes, conscientes, comprometidos y compasivos), quisiera añadir, con su permiso, la «c» de personas «contributivas». Personas que se identifican y se entienden a sí mismas, más allá de cualquier comparación, con un propósito vital orientado al servicio, que da sentido a su desarrollo personal, familiar, social y profesional.

Personas con un liderazgo que se la juega en su capacidad de servir, en la toma de decisiones sostenibles en la vida práctica, en la forma de encarar la relación con su propio equipo de trabajo, en las decisiones estratégicas —sean empresariales, públicas o sociales—, y que también se la juega en un comportamiento ciudadano exigente y responsable.

Personas cuya contribución no mira hacia el yo en primera instancia. Personas que van más allá de la respuesta a la pregunta recurrente del Eclesiastés que dejé pendiente al inicio: «Todo tiene su tiempo bajo el sol ¿En qué se afana el hombre bajo el sol?: en atrapar el viento. Vanidad de vanidades, todo es vanidad».

Personas abiertas a interiorizar el mensaje final de este libro sapiencial y que, en definitiva, han podido descubrir en nuestras universidades que la clave de todo liderazgo, y del suyo propio, es «amar y servir».

Muchas gracias por su atención.

Enrique López Viguria
Córdoba, 23 de agosto de 2017

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